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La trashumancia
Hola. Soy Óscar. Estoy en Valencia, costa mediterránea de España. Nací en Tunja pero dicen que uno es de donde hizo su bachillerato, y eso fue en Paz de Río, el pueblo que inspiró “La Rebelión de las Ratas”, salí de ahí a los 15 años y regresé por una situación fortuita 15 años después poco antes de cruzar el charco. Haber vivido en Bogotá, me transformó la noción de las distancias, entonces el pueblito me pareció como una casa grande, el parque principal era como la sala; ir de un extremo a otro era como pasar del solar a la puerta principal; la avenida principal se cruzaba en dos zancadas y en 15 minutos recorrí la totalidad del pueblo, del río hasta el camino del colegio, del cementerio al hospital. Alguna vez comparé el área del casco urbano del pueblo con el de la universidad en que estudié y calculé que cabían 7 pueblos dentro de esta.
Otra cosa que me llamó la atención en particular y que tampoco me había dado cuenta en todos los años que viví allí fue que este era un pueblo rojo. Las calles, las fachadas, los carros, las suelas de los zapatos de la gente, las hojas grandes de las plantas, los perros callejeros, el loco del pueblo, la ropa colgada, las chanclas de la chismosa, los chulos, el teléfono público, las placas conmemorativas de personajes, las tapas de alcantarilla, todo estaba impregnado del polvillo rojizo del mineral de hierro que sacan de la montaña que parece un hormiguero y llega al pueblo por la acción del viento y de las volquetas que, siendo franco, no sé a dónde van a parar.
No terminé todo el bachillerato allí, me fui para otro pueblo y luego a otro más, al final llegué a Bogotá en donde ha transcurrido la otra mitad de mi vida y finalmente aquí, en estos dos últimos años, en este punto testigo de la historia occidental, a la que mal llaman historia de la humanidad, que ha pasado casi toda por este mar. Cuando me preguntan de dónde soy respondo de acuerdo al lugar en el que estoy. Fuera de Colombia digo que soy de Bogotá, las pocas veces que he dicho que soy de Tunja ese nombre resulta muy complicado de pronunciar para los no colombianos, tengo que escribirlo, deletrearlo y dar un pequeño cursillo de pronunciación, independientemente de si el interlocutor es hispanohablante o no. Luego, Cuando estoy en Bogotá digo que soy de Tunja; y cuándo estoy en Tunja digo que de Paz de Río. La razón de esto? Para ahorrar detalles y hacer más práctica la conversación, pero también porque realmente soy de varios sitios, cada uno más perdido que el otro en los 60 millones de años que tiene la cordillera de los Andes, en la eternidad del tiempo y en la infinitud del espacio.
Tuve que salir del pueblo para darme cuenta de que era rojo, ahora que he salido de Colombia cómo la veo? Bueno, para empezar aquí no se ve. A nadie le importan los pueblos sin historia, porque aquí la historia solo es una, la que pasó por el Mediterráneo. Lo poco que se sabe es lo bueno de sus sustancias psicoactivas, cafeína y cocaína; tierra de matones, corruptos y pobres; un destino apto solo para los pornomiserables para quienes hacer el bien a sus congéneres no es otra cosa que un fin egoísta ya que lo que buscan es autocomplacer su lástima, y la lástima, sabemos todos, que más que calmar el sufrimiento ajeno, lo que busca es calmar el propio. Y luego venir aquí con ínfulas de incluyente, héroe de los pobres, revolucionario y aventurero por el tercer mundo.
Aún nos siguen descubriendo, aun nos siguen enseñando a hablar, a hacer la historia, a definir nuestros deseos y ver nuestro reflejo, a nosotros mismos, en los espejos de la modernidad. Obligados a seguir sus estándares nos vemos merecedores de lo que tenemos. Por eso el indio y el campesino son insultos, “incultos”. Todo lo bueno y lo bello de nosotros, lo que nos puede dar el potencial y diferenciarnos del resto del mundo está frente a nuestras narices, sin embargo nos vemos con mirada ajena, mirada colonizada, no nos suena para nada la biodiversidad y la diversidad cultural que nos ubica en los primeros lugares a nivel mundial, no, el monte es salvaje y la “gentecita” es humilde, esos que van a saber de cultura, si los recursos son para megaproyectos, no para los pobres y lo mejor de Colombia es Shakira y Juanes.
Oscar Blanco.
Correo:
noprometonada@gmail.com
Otra cosa que me llamó la atención en particular y que tampoco me había dado cuenta en todos los años que viví allí fue que este era un pueblo rojo. Las calles, las fachadas, los carros, las suelas de los zapatos de la gente, las hojas grandes de las plantas, los perros callejeros, el loco del pueblo, la ropa colgada, las chanclas de la chismosa, los chulos, el teléfono público, las placas conmemorativas de personajes, las tapas de alcantarilla, todo estaba impregnado del polvillo rojizo del mineral de hierro que sacan de la montaña que parece un hormiguero y llega al pueblo por la acción del viento y de las volquetas que, siendo franco, no sé a dónde van a parar.
No terminé todo el bachillerato allí, me fui para otro pueblo y luego a otro más, al final llegué a Bogotá en donde ha transcurrido la otra mitad de mi vida y finalmente aquí, en estos dos últimos años, en este punto testigo de la historia occidental, a la que mal llaman historia de la humanidad, que ha pasado casi toda por este mar. Cuando me preguntan de dónde soy respondo de acuerdo al lugar en el que estoy. Fuera de Colombia digo que soy de Bogotá, las pocas veces que he dicho que soy de Tunja ese nombre resulta muy complicado de pronunciar para los no colombianos, tengo que escribirlo, deletrearlo y dar un pequeño cursillo de pronunciación, independientemente de si el interlocutor es hispanohablante o no. Luego, Cuando estoy en Bogotá digo que soy de Tunja; y cuándo estoy en Tunja digo que de Paz de Río. La razón de esto? Para ahorrar detalles y hacer más práctica la conversación, pero también porque realmente soy de varios sitios, cada uno más perdido que el otro en los 60 millones de años que tiene la cordillera de los Andes, en la eternidad del tiempo y en la infinitud del espacio.
Tuve que salir del pueblo para darme cuenta de que era rojo, ahora que he salido de Colombia cómo la veo? Bueno, para empezar aquí no se ve. A nadie le importan los pueblos sin historia, porque aquí la historia solo es una, la que pasó por el Mediterráneo. Lo poco que se sabe es lo bueno de sus sustancias psicoactivas, cafeína y cocaína; tierra de matones, corruptos y pobres; un destino apto solo para los pornomiserables para quienes hacer el bien a sus congéneres no es otra cosa que un fin egoísta ya que lo que buscan es autocomplacer su lástima, y la lástima, sabemos todos, que más que calmar el sufrimiento ajeno, lo que busca es calmar el propio. Y luego venir aquí con ínfulas de incluyente, héroe de los pobres, revolucionario y aventurero por el tercer mundo.
Aún nos siguen descubriendo, aun nos siguen enseñando a hablar, a hacer la historia, a definir nuestros deseos y ver nuestro reflejo, a nosotros mismos, en los espejos de la modernidad. Obligados a seguir sus estándares nos vemos merecedores de lo que tenemos. Por eso el indio y el campesino son insultos, “incultos”. Todo lo bueno y lo bello de nosotros, lo que nos puede dar el potencial y diferenciarnos del resto del mundo está frente a nuestras narices, sin embargo nos vemos con mirada ajena, mirada colonizada, no nos suena para nada la biodiversidad y la diversidad cultural que nos ubica en los primeros lugares a nivel mundial, no, el monte es salvaje y la “gentecita” es humilde, esos que van a saber de cultura, si los recursos son para megaproyectos, no para los pobres y lo mejor de Colombia es Shakira y Juanes.
Oscar Blanco.
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